domingo, 12 de septiembre de 2010

El zurdo

El hombre se levantó por el lado derecho de su cama, como siempre solía hacerlo.
El hombre se levantó por el lado izquierdo de su cama, como siempre solía hacerlo.

El hombre tomó con la mano derecha el abrigo que colgaba del lado izquierdo del perchero.
El hombre tomó con la mano izquierda el abrigo que colgaba del lado derecho del perchero.

El hombre se vistió con prontitud, y se puso los zapatos nuevos. El derecho le apretaba. Debía llevarlo al zapatero. Se los quitó y se puso otros.
El hombre se vistió con prontitud, y se puso los zapatos nuevos. El izquierdo le apretaba. Debía llevarlo al zapatero. Se los quitó y se puso otros.

El hombre se calzó el reloj en la mano izquierda. Miró la hora. La zapatería abriría en media hora.
El hombre se calzó el reloj en la mano derecha. Miró la hora. La zapatería abriría en media hora.

Ambos hombres se detuvieron frente al espejo.
Y se miraron uno al otro a fin de saber si estaban presentables.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Desahuciado

A través del vidrio cruzado por cristalinos senderos de agua, el hombre miró a la bella mujer que danzaba feliz en medio del estruendoso tráfago de le fiesta. Un pensamiento vagaba lúgubre y desgarrador por su mente.
-Ella ya no es mía.
Con melancolía, observó la hermosa casa de blancas paredes donde la fiesta tenía lugar.
-Ya no tengo las llaves...
Bajó la mirada lentamente y se dispuso a irse y perderse en la lluvia, caminando con paso cansino hacia la oscura noche que parecía ya fundirse con él.

Mientras anteponía, lentamente, un paso al otro, pisando los largos charcos que no percibían su presencia, pensó en lo tonto que había sido al suicidarse aquella vez.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Pequeña crónica natural

A medida que pasaba el tiempo, notó que iba cambiando. Sentía sensaciones extrañas. Sus sentidos no estaban coordinados, y la información que le llegaba era dudosa e inexacta.
Primero, los ojos. La luz le enceguecía. Su cerebro ardía al recibir los nuevos impulsos procedentes de sus nuevos globos oculares. Luego, desarrolló unos prácticos apéndices en sus costados, que le permitían moverse con soberbia torpeza. Mas tarde, logró respirar por sí solo sin demasiada dificultad. A continuación, unos nuevos pulmones le permitieron respirar el valioso oxígeno que cubría ese maravilloso planeta.
La criatura se sentía cada vez más fuerte, y desarrollaba ya tecnología cuyo poder era incapaz de siquiera comprender. Sin embargo, no se detuvo. La meta no existía. Sólo había un camino por delante. Siempre adelante. Siempre adelante. Incluso cuando los artefactos construidos por ella misma contaminaron los gases vitales y destruyeron sus pulmones, y la fuerte radiación nuclear la obligó a cerrar los ojos, hasta que, en el final, sus piernas ya flaqueantes le dejaron caer de nuevo en el profundo océano primordial del que había salido.

Nueva Política

Luego de unas cortas vacaciones de dos mil quinientos años, el dios de la política volvió al trabajo. Para retomar su gestión, decidió dar un paseo por el mundo. Como uno esperaría de tal sujeto, tomó la forma de un simpático y obeso calvo, con gafas sin marco, rostro sonrosado y un maletín en la mano. En definitiva, un tipo agradable, la clase de persona con la cual se puede conversar en la fila del banco, sin miedo de que vaya a asaltarle o venderle un seguro.
El Panteón, organización divina a cargo de la regulación de asuntos de dioses y hombres, estaba, como de costumbre, escasa de fondos (hay que considerar que hay un dios para cada aspecto de nuestras vidas, es decir, para el pan, el vino, las computadoras, la política, la economía, la limpieza, entre muchos otros, así que el presupuesto no alcanza para todos), así que sólo pudo conseguirle al dios de la política asientos de tercera clase en el tren a la Tierra.
El tren estaba en malas condiciones. Había pocos pasajeros, de los cuales la mayoría eran inspectores de otros departamentos divinos, enviados a gestionar algún asunto sin importancia. Luego de un viaje de duración desconocida, o mejor dicho, atemporal, el dios llegó por fin al planeta. Se estiró, recogió su maleta y su abrigo de cuero, y bajó del tren. Éste siguió su marcha, dejando tras sí una nube de polvo que hizo toser al dios, poco acostumbrado a ese cuerpo humano, tan incómodo y rechoncho.
Como había olvidado crear también un automóvil para desplazarse, el dios debió hacer el largo camino a pie hasta una ciudad cercana. Como era de esperarse, llegó cansadísimo y sediento. Se detuvo a comprar algún refresco en un restaurante barato.
El mozo que lo atendió, un hombre de mediana edad y cabello entrecano, al ver que era el único cliente en el local, le preguntó, amablemente, luego de traerle el refresco, si quería ver, en el televisor adosado a la pared, el partido de fútbol local, o el noticiero. El dios eligió, obviamente, el noticiero.
El programa, un noticiero local, exponía noticias acerca de política. El dios, interesado, pidió al mozo si podía subirle el volumen. Éste, al ver que se interesaba por la política, comenzó una charla con él, acerca del mismo tema, la cual continuó hasta bien entrada la tarde, cuando el dios recordó que el tren de regreso salía en una hora, y si no lo tomaba, debería esperar al otro día para volver a su despacho. Así, pues, se despidió del mozo, y emprendió el viaje de regreso.
Una vez en su despacho, el dios de la política tomó un papel y escribió rápidamente un párrafo, el cual firmó a continuación.
Llevó el escrito a la sede principal del Panteón. Era un edificio cuadrado y gris, típica arquitectura divina. Las puertas eran de láminas de vidrio transparente. Formó fila hasta que lo atendieron por ventanilla. El dios entregó el papel y presentó su renuncia.
¿Causas? –preguntó la empleada que lo atendía.
–Ya no hay política en la Tierra- dijo. –Sólo hay corrupción.

viernes, 27 de agosto de 2010

La última frontera

El Dictador sonrió torvamente. En su rostro duro, marcado por las experiencias vividas, se leía la certeza de la victoria. La batalla en la que se decidiría el destino del planeta comenzaba ya. Erguido sobre la cima de un monte, admiró la perfecta disciplina de sus tropas, estoicas, mirimidónicas, capaces de hacer lo imposible por lograr la victoria. En el otro bando, pudo ver las filas ardientes del ejército rebelde, una alianza de todos los últimos países libres del mundo, para luchar contra el poder absoluto que buscaba poseer el Dictador.
Se hizo un silencio sepulcral por parte de ambos bandos. Sólo esperaban el gesto de su mano. Un gesto suyo, que desencadenaría la última batalla y decidiría el destino de la Tierra entera.
El Dictador hizo el temido gesto.
La batalla fue terrible. Las terribles armas arrancaban alaridos y segaban vidas sin cesar. Las tropas dictatoriales, mercenarios contratados para luchar por el Dictador, trabajando con la armonía y perfección de un solo hombre, acababan profesionalmente con sus enemigos, dejando tras sí sólo cuerpos muertos.
Todo parecía perdido para los rebeldes. Sólo un milagro podía salvarlos de caer en manos de sus enemigos. Y ese milagro no se produjo.
Fueron vencidos y aplastados por el ejército de ese hombre que, por fin, había logrado conquistar el mundo entero. Los mercenarios, alegres, celebraban y se repartían el botín obtenido. El mundo era ya por completo del Dictador. Ya no había fronteras que conquistar.

El Dictador, soberano absoluto de la Tierra y de todo lo que había en ella, paseaba tranquilamente entre las delicadas plantas que decoraban los jardines del palacio imperial. Se sentía aburrido. Ya no había nadie más contra quien luchar. Los países vencidos durante la guerra, tan problemáticos en otros tiempos, habíanse tranquilizado ya. No había nada más que conquistar.

Nada.

Nada, excepto las mentes de los seres humanos, pensó. Debía ser algo más que un Dictador Mundial. Algo mayor.
El Dictador miró hacia arriba, al cielo azul que ya empezaba a oscurecer, y, ambicioso, dijo con voz dura:
-La última frontera.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Determinación


Un hombre de determinada edad, vestido de determinada forma sale de un determinado lugar a una determinada hora. Se dirige hacia un determinado lugar que se encuentra a determinada distancia, por lo tanto decide tomar un ómnibus de una determinada línea. Luego de esperar durante un determinado tiempo, impaciente, opta por tomar a un taxi que pasa a una determinada distancia. Luego de abordarlo, le indica al chofer su lugar de destino. Al llegar, el hombre paga al taxista una determinada cantidad de dinero, para luego bajarse, cerrando la puerta con determinada fuerza. Camina una determinada cantidad de pasos hasta el lugar al que se dirige. Adentro, ocupada en determinados asuntos, hay una determinada cantidad de personas.
El hombre abre la puerta del lugar, se acerca a una determinada persona de determinada edad, vestida de una determinada forma, saca un arma de determinado calibre de un determinado bolsillo y susurra con determinada voz:
No se intente nada, que le estoy apuntando.
El otro hombre, sorprendido durante un instante, recobra la sangre fría de inmediato. Responde, con determinada actitud:
Ah, es usted. Llega tarde.
Con determinado movimiento, desliza su mano hasta un determinado lugar, y extrae furtivamente un arma.
Suena un disparo.

Un hombre vivo, otro muerto. Nunca sabremos quién es el que murió, si el que llegó al lugar, o el otro. Pero descuide, son dos hombres desconocidos, de quienes no conocemos ni aún sus rasgos. Usted es libre de decidir si el hombre bueno mató al hombre malo, si el hombre malo mató al bueno, o tal vez una mano gris, sosteniendo determinada arma, cometió un crimen de naturaleza indeterminada.

martes, 3 de agosto de 2010

Libertad cívica


La administración del Universo es una cuestión sencilla.
En el Infierno, como en toda institución financiera, el capital es importante. Todas las almas condenadas son contadas como efectivo por los cajeros demoníacos, y, a fines de mes, los demonios, según su rango en la jerarquía demoníaca, reciben su paga. Ésta consiste en un porcentaje de dinero infernal por cada alma que ayudó a corromper el demonio en la tierra. Mientras más almas ha enviado al infierno el demonio ese mes, más dinero recibe. Los informes son registrados por el Ministerio de Trabajo Infernal. El dinero es usado por el demonio para procurarse todo lo necesario en su infernal obra. Me refiero a cera para cuernos, alimento para demonio, y todo lo que un demonio respetable necesita. Sencillo, pulcro. Es un sistema fantástico. Y viene funcionando igual de bien desde siempre.
En el Paraíso, más arriba, las cosas no son muy distintas.
El ángel promedio, sin descartar tampoco a los querubines, serafines y otros seres angelicales, recibe un porcentaje en dinero celestial por cada alma que ayudó a llevar al Paraíso. Los informes, aportes de cada ángel y demás son monitoreados y regulados por el Ministerio del Trabajo Celestial. El dinero sirve a los ángeles para procurarse todo lo necesario para su bienestar, como jabón para alas, aureolas y cosas semejantes. Es un buen sistema. Mantiene a todos felices.

De vez en cuando (no sabemos cuánto sería en tiempo humano), en el Universo se hacen elecciones. En ellas se elige al próximo gobernante universal. Desde siempre se han postulado dos partidos rivales. Por un lado, se encuentra el Partido Celestialista, y por el otro lado, la Unión Cívica Infernal. Sus líderes son, como es de esperarse, Dios y Satanás, respectivamente.
Hasta hoy, el gobierno universal ha estado en manos de Dios, pero nunca se sabe quién será el próximo.

Es preciso para el votante humano el saber lo necesario para un voto justo. Así, puede hacer pleno uso de sus libertades y derechos cívicos. Para empezar, hay que anunciar que el Infierno existe. Sin embargo, no es un lugar de tormento, un río de fuego donde los humanos se queman en medio de gritos. Tampoco hace demasiado calor. El Infierno es un lugar como cualquier otro. Sin sufrimiento, por supuesto. Es una ciudad grande y bien iluminada, subterránea, donde los demonios retirados y almas condenadas pasan sus días, durmiendo, comiendo, jugando, etc. En definitiva, hacen todo lo que un ciudadano en una ciudad hace. Y Satanás es el alcalde de esta hermosa ciudad.
El Paraíso, por su parte, es una ciudad similar pero un poco menos divertida. Patios. Casas. Edificios de departamentos. Sin arpas ni aureolas, excepto, claro, las de los ángeles. Allí, los ángeles retirados y las almas redimidas hacen lo que haría cualquiera en cualquier ciudad. Comen, duermen, van a trabajar, etc. Esta ciudad tiene como alcalde a Dios.

Como vemos, ambas ciudades son casi iguales. Entonces, ¿Por qué tenemos la visión de un Infierno tormentoso y un Paraíso apacible? La respuesta es sencilla: propaganda Celestial. Estos últimos milenios, el Partido Celestialista ha venido haciendo proselitismo entre los humanos. Enalteciendo su propia imagen y haciendo mala fama al partido opositor, ha hecho uso indebido de los fondos públicos, a fin de ser reelegido para el próximo período.

Ahora bien, ¿Usted votaría a alguien que ha cometido semejante acto de deslealtad política?

Mañana es día de elecciones universales.
Piense antes de votar. Contamos con usted.
Afectuosamente,

Unión Cívica Infernal

miércoles, 16 de junio de 2010

Empresa

Era un largo día de trabajo, en la agotadora eternidad de los días sentado detrás de su escritorio. Otro día que parecía no acabar nunca, dentro de esa sedosa, blanca y aburrida oficina, de cuyos estantes sobresalían una multitud de trofeos de sus sin duda innumerables triunfos. El gerente estaba hastiado. Cansado de los días que no tenían fin, de no tener un superior a quien rendirle cuentas, de un futuro conocido y predecible, de sentirse siempre invencible, de saber que su poder no tenía fin. Tuvo deseos de inventar algo nuevo, algo que nadie inventaría jamás.
Uno de sus empleados tocó con el puño en el vidrio transparente de la puerta de su despacho. Él lo conocía, así como conocía a todos sus subordinados por nombre, apellido y fecha de ingreso. Los asuntos del empleado eran tan poco interesantes, tan insignificantes, que el gerente ni siquiera tuvo que pensar para darle una solución, sino que lo resolvió sin dejar de pensar en la nueva idea que había tenido.
La idea que maduraba poco a poco en su mente era una idea novedosa. Un destello de luz de su mente genial. Algo que daría una nueva meta a su empresa. Se dispuso a llevar su proyecto a cabo, cuando fue interrumpido nuevamente. Era otro empleado, uno muy servil, quien venía a molestarlo con sus problemas banales. Los solucionó rápidamente, y el empleado se marchó, con una sonrisa aduladora y envidiosa en los labios. El gerente pensó que ese empleado, en el futuro, podría fundar su propia empresa, la cual competiría con la suya por el monopolio del mercado. Pero eso sería más adelante, pensó. Ahora daría curso y forma a su idea. Crearía algo novedoso, genial, sublime. Sólo restaba llevar su idea a cabo.
Fue así como el gran gerente se concentró, se aclaró la garganta y dijo, con una voz grave y majestuosa:
“Que se haga la luz”
Y la luz se hizo.
Y vieron todos que la luz era buena.
Ya lo sé. -dijo él.

sábado, 12 de junio de 2010

Lucha de poderes

Un día tuve una buena idea para escribir un relato de aventuras. Como si fuera tan simple, tomé una hoja amarillenta de un cuaderno y comencé la narración. Primero, por supuesto, creé el personaje principal. Decidí que fuera un hombre inteligente, astuto (que no es lo mismo), fuerte, de contextura recia y porte imponente. La historia era fofa y aburrida, rayando en la inconsistencia, y amenazadoramente cerca de desgajarse como una corteza vieja (soy un mal escritor, lo admito; sólo escribo como una forma de matar el aburrimiento y sacudir el exceso de energía). En mi mente, yo podía ver al personaje desarrollar la trama que yo le dictase, obedeciendo todas mis órdenes con celeridad. Así es como mi personaje llegó a tener personalidad propia, una conciencia que le dictaba cuáles cosas podría hacer, y cuáles no.
Nos aproximábamos (mi criatura y yo) al clímax de la historia. El villano (un ser no creado por mí, sino una mezcla de todos los villanos que yo había visto en películas, libros y televisión) ataba a la amada de mi personaje a una roca y la arrojaba cruelmente al mar. Luego de vencerlo, mi personaje se zambulliría con rapidez para salvarla. Una vez en el agua, cortaría las sogas que la sujetaban y la salvaría, pero él no lograría salir a tiempo a la superficie, enredado en las cuerdas. Se ahogaría y moriría. Su amada lloraría sobre su cuerpo muerto y exánime, derramando lágrimas de auténtico dolor, y sintiendo fuertes emociones, entre otras cursilerías. Sin embargo, estaría orgullosa, porque él había dado su vida para salvar la de ella. Él viviría por siempre en su recuerdo. El lector podrá darse cuenta (si no se ha percatado ya) que las situaciones eran de las más trilladas que existen. Así de mal escritor soy, pero puedo ser peor si me esfuerzo.
Fue entonces cuando mi personaje se rebeló. Cuando, (en mi mente, se entiende) le ordenaba lo que debía hacer, es decir, salvar a su amada y luego morir, me miró con una expresión de ira e indignación sin límites. Me respondió que yo debía estar loco para pedirle que hiciera semejante barbaridad, dejando a su amada sola, llorando sobre su cadáver, sin otra cosa para vivir que un recuerdo. Nada de eso, dijo. Yo debía volver a formular la historia. Debía dejarlo vivir al final, para estar junto a su amada, viviendo feliz por siempre. Cuando me negué, se rebeló por completo. Me dijo, con toda calma, que no seguiría formando parte de la trama hasta que yo no cambiara el final. Dicho esto, se cruzó de brazos y se sentó en el piso, sin hacerme el más mínimo caso.
Ahorraré el relato de mis súplicas al personaje. Baste decir, en resumen, que finalmente se salió con la suya. Tuve que escribir lo que él quería. Sólo así pude conseguir que la historia continuara. Una historia definitivamente peor a la que yo deseaba, pero una historia al fin. El relato terminó con el personaje y su amada viviendo felices en una cabaña de troncos en la pradera, rodeados de animales y flores amarillas, en paz. Mi personaje había ganado. Y yo pude terminar el cuento.

Quedaron un par de renglones bajo la última línea. Mi personaje ya no vivía en mi cabeza, sino en el papel, rodeado de amor y flores. Dejé la hoja sobre el escritorio. A continuación dirigí mi mirada hacia mi desastroso cuarto de pensión estudiantil, iluminado con una bombilla tenue y gris, suspendida del cielorraso. A través de la ventana se distinguía la negra noche de la ciudad superpoblada, llena de gases, ruidos y asaltantes. Sentí envidia de la vida feliz de mi personaje.

Y tomando mi lápiz, sintiéndome como si empuñara el vil puñal de la traición, escribí en el último renglón la frase final, en la que daba a conocer el horrible incendio que había destruido la pacífica cabaña, y había dejado a sus moradores en la más absoluta ruina.

jueves, 10 de junio de 2010

Sentidos

Érase una vez un pueblo. Un pueblo común y corriente. Un pueblo perdido en la frontera de algún país desconocido. Tan desconocido que incluso los habitantes del pueblo no sabían de qué nacionalidad eran, ni a quién debían votar. Su idioma, se descubrió después, no existía en ningún otro lugar del mundo. Era un pueblo perdido, literalmente, en medio de la nada. Este pequeñísimo lugar tenía, incluyendo a los dos caballos miserables de uno de los campesinos, una población de cuarenta y nueve seres vivos. No tenía alcalde, ni nada que se le pareciera. Sus habitantes, a pesar de ser personas despiertas e inteligentes, jamás se habían interesado por conocer lo que existía más allá de la nada que los rodeaba. Sólo carecían de una aguda falta de interés, y de imaginación. Rodeaban al pueblo kilómetros y kilómetros de arena pardusca y árida, con uno que otro arbusto reseco creciendo en un páramo de aspecto desolado, con un Sol caliente y azotador que hacía de un día normal un día muy caluroso.
Un día, uno de los dos caballos perdió una herradura. Fue ése mismo día cuando nació el niño. Era hijo de una de las pocas mujeres jóvenes del pueblo, y de un campesino (no había en el pueblo otros trabajos disponibles aparte del de campesino) joven también, quien había muerto recientemente al caer dentro de un pozo seco al intentar rescatar a una gallina que accidentalmente había caído allí. La gallina logró, finalmente, salir por sí misma, pero no antes de que él se rompiera el cuello contra la arenilla fresca y oscura del fondo del pozo.
El niño resultó ser el niño más común que pudiera existir. De cabello castaño y ojos de igual tonalidad, sin ninguna seña particular más que una completa carencia de rasgos distintivos, tenía, aun en su cuna de mimbre gris, un aire monótono que producía sueño al más despabilado. Fue entonces cuando un viejo del pueblo, sentado en su ajada mecedora mirando a la nada, tuvo una idea. Le comunicó su idea a otro viejo, y éste a su vez a otro. Finalmente todo el pueblo se enteró de la idea y descubrió así el modo de romper con la monotonía y reírse un poco.
La idea era hacerle creer al niño que los sentidos, en vez de ser cinco, eran seis, y que él había nacido sin el sexto. Así fue que todo el pueblo se prestó para esa broma en contra del neonato. El niño creció. Le hicieron creer que el sexto sentido del que carecía permitía ver y oír cosas extraordinarias, y que todos podían hacerlo excepto él.
El niño creció y se convirtió en un hombre. El pueblo, que ahora contaba con una población viviente de setenta y dos personas, siguió con la broma. Los niños eran enseñados desde pequeños a “hacerle creer al tonto” la existencia de una variedad de olores, personajes, colores, sabores y sonidos sin igual. Habían creado todo un universo de cosas imaginarias que hacían creer al muchacho. Y, como era de esperarse, lo que más deseaba éste, era poseer el sentido del que creía carecer. Buscó respuestas en los libros que el abuelo de uno de los campesinos había adquirido en uno de sus viajes alrededor del mundo. La lectura de estos volúmenes no aclaró en lo más mínimo sus dudas. Se sentó en un sofá de mimbre de la sala de estar de su casa, a lamentarse de su suerte.
Fue entonces cuando el muchacho vio al hada. Era un hada rosada, etérea, que lanzaba polvo azucarado y chispeante a cada uno de los movimientos de sus alas tornasoladas. Habló con ella. Ella le respondió. Entablaron una charla muy amena, hasta que apareció frente a él un ser multicolor con alas, quien cantó y danzó alegremente lanzando puñados de flores perfumadas. El hada se lo presentó al muchacho. El mágico ser hablaba también, y su voz era como el sonido de un arpa combinado con el clamor de una trompeta de plata. Los tres entablaron una charla muy amena, hasta la aparición de un duende. Éste era rechoncho, vestido de forma extravagante, y con una gran bolsa de un color nunca visto, de la que se desprendía una rara fragancia nunca antes percibida por el muchacho. Mientras avanzaba la tarde, el joven fue viendo aparecer más seres etéreos y bellísimos, hasta que en la habitación se armó lo que parecía una reunión de seres raros dotados con alas y colores iridiscentes.
Uno de los campesinos del pueblo se acercó a la casa del muchacho con la intención de comprarle algo de maíz para alimentar a sus gallinas. Tocó a la puerta. Como no atendía nadie, se asomó por la ventana. Allí estaba el muchacho, sentado en un sofá de mimbre hablando solo.
Entonces comprendió.
El muchacho ahora sí había perdido un sentido. El sentido común.