Fue al médico por un problema de dolor de cabeza y ojos lagrimosos.
Lo siento -le respondió el doctor luego de examinarlo- me temo que padece de una pérdida degenerativa de Destino.
-¿Es grave, doctor?- djo el hombre mientras se transparentaba y desaparecía, al tiempo que el médico olvidaba al paciente y su enfermedad, y se preguntaba qué estaba haciendo ahí, a esa hora, cuando podría estar sentado en el escritorio del consultorio, jugando un juego de cartas para uno.
domingo, 30 de octubre de 2011
jueves, 20 de octubre de 2011
Alá lo ha querido
Tomó toda clase de precauciones para prevenir su muerte; todos los días se encerraba en el armario a las quince y doce, y salía recién a las quince y treinta y dos, luego de haberse pasado veinte minutos sudando y temiendo por su vida, calculando todas las formas posibles en las que la muerte podría alcanzarlo, y los medios para evitarla.
Murió por fin, treinta y ocho años después, anciano, calvo y reseco por la edad. Murió de viejo. A las seis y cuarto de la tarde, mientras dormía.
¿Burló el hombre su destino? Quizás sí. O tal vez no se percató de que alguien, en el sueño, había olvidado darle cuerda al despertador que había sobre su mesita de luz.
sábado, 15 de octubre de 2011
Sólo peones
Y érase una vez el peón. El peón que avanzó para comer a la dama.
Tardé poco en darme cuenta de que la dama estaba en peligro. Confiado, pensé en seguida en moverla, uno o dos cuadros atrás.
Resultaba que la retirada estaba cortada. Un peón mío -representante del proletariado, fútil por sí solo, como no fuera por sus compañeros, una pieza aborrecible- tapaba el camino.
Las diagonales -pensé- la dama se mueve en todas direcciones. Es libre y escurridiza, difícil de atrapar. Seguro que se salva de ésta.
Pero no. La diagonal la saboteaba un alfil -algunos dicen que la figura del alfil era, en un principio, la de un sacerdote; otros, dicen que la de un caballero- protegido por una serie de piezas que no me molesté en identificar.
Mi pulso se aceleró levemente. Sentí un picor en la palma derecha. Me la froté contra la rodilla.
Un espacio para atrás, solamente -rogué- no pido más.
Miré por la ventana. Un día polvoriento, como tantos otros. La dama enemiga impedía el movimiento hacia la retaguardia.
No. -dije en mi mente, y me lo repetí mil veces- La dama no puede morir. Es la Dulcinea, el espécimen femenino por excelencia. No Aldonza, sino Dulcinea. ¿Qué campesino cruel, -aunque sea el más brutal de los peones enemigos- tendría la dureza de corazón para mancillar sus manos con la sangre angelical de una reina? No señor. No se puede, no se debe hacer eso. Las piezas no tienen honor, eso es lo que pasa.
Miré por la ventana. Volutas de polvo se levantaban con el viento. ¿Dónde estaba el cataclismo salvador cuando uno lo necesita? Un pequeño tornado, nada más, que bastara para hacer volar el tablero. No puede morir la dama, no a manos de un peón. Podría levantarme bruscamente, tirar el tablero al piso, fingiendo la picadura de un alacrán, y terminar la partida, con la dama viva, al menos en el recuerdo.
Pero no, no lo hago. Me falta el valor. Y acá no hay alacranes.
Estoy en una encrucijada.
Entonces empiezo.
Yo no quería jugar ajedrez, para empezar. Yo quería jugar a las cartas, o al parchís. Al básquet o al ahorcado. Vine a jugar a este jueguito porque vos querías, era tu idea. Yo quería salir a correr libre por el campo polvoriento de afuera, el de la ventana.
Y además, seamos realistas. Recordemos que el tablero es de madera. Las piezas son de plástico. Y las damas ya no existen.
Peones, sólo peones.
Tardé poco en darme cuenta de que la dama estaba en peligro. Confiado, pensé en seguida en moverla, uno o dos cuadros atrás.
Resultaba que la retirada estaba cortada. Un peón mío -representante del proletariado, fútil por sí solo, como no fuera por sus compañeros, una pieza aborrecible- tapaba el camino.
Las diagonales -pensé- la dama se mueve en todas direcciones. Es libre y escurridiza, difícil de atrapar. Seguro que se salva de ésta.
Pero no. La diagonal la saboteaba un alfil -algunos dicen que la figura del alfil era, en un principio, la de un sacerdote; otros, dicen que la de un caballero- protegido por una serie de piezas que no me molesté en identificar.
Mi pulso se aceleró levemente. Sentí un picor en la palma derecha. Me la froté contra la rodilla.
Un espacio para atrás, solamente -rogué- no pido más.
Miré por la ventana. Un día polvoriento, como tantos otros. La dama enemiga impedía el movimiento hacia la retaguardia.
No. -dije en mi mente, y me lo repetí mil veces- La dama no puede morir. Es la Dulcinea, el espécimen femenino por excelencia. No Aldonza, sino Dulcinea. ¿Qué campesino cruel, -aunque sea el más brutal de los peones enemigos- tendría la dureza de corazón para mancillar sus manos con la sangre angelical de una reina? No señor. No se puede, no se debe hacer eso. Las piezas no tienen honor, eso es lo que pasa.
Miré por la ventana. Volutas de polvo se levantaban con el viento. ¿Dónde estaba el cataclismo salvador cuando uno lo necesita? Un pequeño tornado, nada más, que bastara para hacer volar el tablero. No puede morir la dama, no a manos de un peón. Podría levantarme bruscamente, tirar el tablero al piso, fingiendo la picadura de un alacrán, y terminar la partida, con la dama viva, al menos en el recuerdo.
Pero no, no lo hago. Me falta el valor. Y acá no hay alacranes.
Estoy en una encrucijada.
Entonces empiezo.
Yo no quería jugar ajedrez, para empezar. Yo quería jugar a las cartas, o al parchís. Al básquet o al ahorcado. Vine a jugar a este jueguito porque vos querías, era tu idea. Yo quería salir a correr libre por el campo polvoriento de afuera, el de la ventana.
Y además, seamos realistas. Recordemos que el tablero es de madera. Las piezas son de plástico. Y las damas ya no existen.
Peones, sólo peones.
domingo, 9 de octubre de 2011
Enroque
Habían constriudo la Torre. Habían llegado al Cielo.
El primer humano asomó su cabeza por un hueco entre las nubes. Vio a Dios y lo saludó.
¿Y ahora qué hacemos? -le preguntó al que venía detrás de él.
-No sé -respondió el otro- Nunca pensé qué hacer si subíamos y realmente lo encontrábamos.
El primer humano asomó su cabeza por un hueco entre las nubes. Vio a Dios y lo saludó.
¿Y ahora qué hacemos? -le preguntó al que venía detrás de él.
-No sé -respondió el otro- Nunca pensé qué hacer si subíamos y realmente lo encontrábamos.
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Última cifra
El científico fabricaba una máquina que permitiera contemplar la Eternidad.
Durante años, se esforzó para lograrla. Complicados cálculos sucedían a difíciles tareas mecánicas, noches en vela y cafés fríos sobre la mesa de trabajo. Algo relacionado con la última cifra de no sé qué letra griega.
La terminó, finalmente. Y la encendió. Por fin podría contemplar la Eternidad, como quiera que se viera. Fama y fortuna le esperaban. Un campo de conocimiento ilimitado -con razón- se abría frente a él.
Acercó sus ojos al visor de la máquina, y se dispuso a contemplar la Eternidad que allí le esperaba. Miró en su interior.
Y siguió observando, en ese instante infinito, perdido en un tiempo que ya no era tiempo, congelado en un suceso que jamás terminaría, o jamás acabaría de comenzar.
Durante años, se esforzó para lograrla. Complicados cálculos sucedían a difíciles tareas mecánicas, noches en vela y cafés fríos sobre la mesa de trabajo. Algo relacionado con la última cifra de no sé qué letra griega.
La terminó, finalmente. Y la encendió. Por fin podría contemplar la Eternidad, como quiera que se viera. Fama y fortuna le esperaban. Un campo de conocimiento ilimitado -con razón- se abría frente a él.
Acercó sus ojos al visor de la máquina, y se dispuso a contemplar la Eternidad que allí le esperaba. Miró en su interior.
Y siguió observando, en ese instante infinito, perdido en un tiempo que ya no era tiempo, congelado en un suceso que jamás terminaría, o jamás acabaría de comenzar.
viernes, 23 de septiembre de 2011
¿Y el protagonista?
L. Gómez salió del trabajo y caminó hacia la parada de ómnibus, como lo hacía todos los días desde que había comenzado a trabajar en la oficina, hacía casi veinte años.
Gómez era calvo, bajo y algo rechoncho. Usaba siempre el mismo traje gris gastado, y los mismos zapatos marrones, lustrados mediocremente, que dejaban traslucir años de abandono paciente y progresivo. Tenía la mala costumbre, cuando estaba aburrido, de juguetear con los puños de su camisa, en los que se veían unas largas manchas grises, seguramente de practicar su costumbre con los dedos manchados con la tinta grasosa de los sellos burocráticos.
La vida de Gómez era simple y poco interesante. Se levantaba todos los días a las siete y media, para estar en la oficina a las nueve menos cuarto. Se preparaba un café en polvo de dudosa calidad (el cual compraba en grandes latas amarillas tres veces al año), y lo bebía a sorbos cortos, para no quemarse, mientras escuchaba el noticiero matutino por la gastada radio de transistores. En la tarde, cuando salía de la oficina, compraba medio de pan y cien de salchichón o salame en el almacén del italiano (del cual nunca supo otro dato aparte del de la nacionalidad), y con eso preparaba su cena, acompañada, por supuesto, del café que salía de las latas amarillas, diluido como agua con tierra.
El día al que nos referimos, era como cualquier otro. No una límpida mañana de abril, sino una pesada tarde de septiembre, con un Sol algo opresivo que ya se aprestaba a descender, y un viento que arrastraba páginas de diarios de ayer y hojas de plátano oriental contra las rejas de las casas.
Gómez sacó su pañuelo y se sonó ruidosamente la nariz, mientras esperaba el veintitrés o el sesenta y cuatro en la parada de ómnibus. Guardó el pañuelo en el bolsillo del saco.
Sonó un disparo a lo lejos, luego otro. Un automóvil dobló la esquina a una velocidad endiablada, perseguido de cerca por un patrullero con su sirena chillona. La carrera se prolongó por la ancha avenida, hasta desaparecer en otra esquina. Los rumores de la sirena y de los motores forzados se apagaron. La calma volvió.
Gómez levantó la vista, que había vuelto a dejar caer luego de mirar fugazmente al patrullero y a su presa. Ahí venía el colectivo. Una señora levantaba la mano ya para que se detuviera.
Gómez se subió al ómnibus y se sentó junto a una ventana, los ojos entrecerrados, apagados. Tal vez pensara en el italiano sin nombre y su almacén, o en el auto y el patrullero. Quién sabe. Quizás los extras no tengan pensamientos; tal vez existan sólo para llenar espacios en la escena, que de otro modo completarían un poste o un árbol. Tal vez hay historias que no son historias, y sus protagonistas sólo existen para ser los extras de la historia de otro.
Gómez era calvo, bajo y algo rechoncho. Usaba siempre el mismo traje gris gastado, y los mismos zapatos marrones, lustrados mediocremente, que dejaban traslucir años de abandono paciente y progresivo. Tenía la mala costumbre, cuando estaba aburrido, de juguetear con los puños de su camisa, en los que se veían unas largas manchas grises, seguramente de practicar su costumbre con los dedos manchados con la tinta grasosa de los sellos burocráticos.
La vida de Gómez era simple y poco interesante. Se levantaba todos los días a las siete y media, para estar en la oficina a las nueve menos cuarto. Se preparaba un café en polvo de dudosa calidad (el cual compraba en grandes latas amarillas tres veces al año), y lo bebía a sorbos cortos, para no quemarse, mientras escuchaba el noticiero matutino por la gastada radio de transistores. En la tarde, cuando salía de la oficina, compraba medio de pan y cien de salchichón o salame en el almacén del italiano (del cual nunca supo otro dato aparte del de la nacionalidad), y con eso preparaba su cena, acompañada, por supuesto, del café que salía de las latas amarillas, diluido como agua con tierra.
El día al que nos referimos, era como cualquier otro. No una límpida mañana de abril, sino una pesada tarde de septiembre, con un Sol algo opresivo que ya se aprestaba a descender, y un viento que arrastraba páginas de diarios de ayer y hojas de plátano oriental contra las rejas de las casas.
Gómez sacó su pañuelo y se sonó ruidosamente la nariz, mientras esperaba el veintitrés o el sesenta y cuatro en la parada de ómnibus. Guardó el pañuelo en el bolsillo del saco.
Sonó un disparo a lo lejos, luego otro. Un automóvil dobló la esquina a una velocidad endiablada, perseguido de cerca por un patrullero con su sirena chillona. La carrera se prolongó por la ancha avenida, hasta desaparecer en otra esquina. Los rumores de la sirena y de los motores forzados se apagaron. La calma volvió.
Gómez levantó la vista, que había vuelto a dejar caer luego de mirar fugazmente al patrullero y a su presa. Ahí venía el colectivo. Una señora levantaba la mano ya para que se detuviera.
Gómez se subió al ómnibus y se sentó junto a una ventana, los ojos entrecerrados, apagados. Tal vez pensara en el italiano sin nombre y su almacén, o en el auto y el patrullero. Quién sabe. Quizás los extras no tengan pensamientos; tal vez existan sólo para llenar espacios en la escena, que de otro modo completarían un poste o un árbol. Tal vez hay historias que no son historias, y sus protagonistas sólo existen para ser los extras de la historia de otro.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Prueba de personificación N°1
Desde hace miles de millones de años que esperaba allí, bajo ese manto de sólida roca.
Por primera vez luego de tantos milenios, vio la luz. Un esclavo, armado con un tosco pico, la rescataba del lecho rocoso que la había cobijado durante tan largo tiempo. En su rostro se marcaban las huellas de una vida de trabajo duro y emociones mal reprimidas.
En el crisol, el calor ardiente la purificó. Incandescente, fluyó a través de los canales de piedra, hasta el molde que habría de darle forma.
Esperó dos días en el molde. La oscuridad era distinta ahora. No como la oscuridad de la roca. Una oscuridad civilizada. Tomada por los seres humanos, y refinada.
Volvió a ver la luz. Ahora, un hombre de fuerte complexión y venas azuladas en los brazos la martilló ensordecedoramente. Tenía ahora un borde afilado y una punta aguda.
Terminó en un cesto de mimbre, con muchas otras como ella. Otra noche. Esta vez, en una húmeda bodega.
En la mañana, fue atada con presteza en la punta de una vara flexible. La ligadura era firme, y soportaría bien cualquier impacto. La cubrieron luego con un viscoso baño de un líquido pegajoso, que no tardó en secarse con el aire. Olía mal. Como a veneno.
Ruidos confusos. Reconoció el sonar de las trompetas de guerra. Fue tomada rápidamente, reunida junto a muchas otras, y deslizada en una vaina de cuero. Afuera, arreciaba el sonido metálico de la batalla, y los alaridos alarmantes de los caídos.
De pronto, sintió que la izaban. Antes de poder darse cuenta de lo que sucedía -o de lo que sucedería- fue disparada a una velocidad vertiginosa.
Un baño rojo, algo húmedo, sólido, y luego, la vuelta a la luz. Había sido diparada -y clavada- en un pie. Mejor dicho, en un talón.
Un par de pasos del hombre herido, y luego se desplomó.
Siglos más tarde, cuando ya no fuera más que polvo de óxido avejentado por la lima de los años, perdido en el viento y en la memoria, conservaría, estuviera donde estuviese, el recuerdo de que ella había sido la flecha que había matado a Aquiles.
Por primera vez luego de tantos milenios, vio la luz. Un esclavo, armado con un tosco pico, la rescataba del lecho rocoso que la había cobijado durante tan largo tiempo. En su rostro se marcaban las huellas de una vida de trabajo duro y emociones mal reprimidas.
En el crisol, el calor ardiente la purificó. Incandescente, fluyó a través de los canales de piedra, hasta el molde que habría de darle forma.
Esperó dos días en el molde. La oscuridad era distinta ahora. No como la oscuridad de la roca. Una oscuridad civilizada. Tomada por los seres humanos, y refinada.
Volvió a ver la luz. Ahora, un hombre de fuerte complexión y venas azuladas en los brazos la martilló ensordecedoramente. Tenía ahora un borde afilado y una punta aguda.
Terminó en un cesto de mimbre, con muchas otras como ella. Otra noche. Esta vez, en una húmeda bodega.
En la mañana, fue atada con presteza en la punta de una vara flexible. La ligadura era firme, y soportaría bien cualquier impacto. La cubrieron luego con un viscoso baño de un líquido pegajoso, que no tardó en secarse con el aire. Olía mal. Como a veneno.
Ruidos confusos. Reconoció el sonar de las trompetas de guerra. Fue tomada rápidamente, reunida junto a muchas otras, y deslizada en una vaina de cuero. Afuera, arreciaba el sonido metálico de la batalla, y los alaridos alarmantes de los caídos.
De pronto, sintió que la izaban. Antes de poder darse cuenta de lo que sucedía -o de lo que sucedería- fue disparada a una velocidad vertiginosa.
Un baño rojo, algo húmedo, sólido, y luego, la vuelta a la luz. Había sido diparada -y clavada- en un pie. Mejor dicho, en un talón.
Un par de pasos del hombre herido, y luego se desplomó.
Siglos más tarde, cuando ya no fuera más que polvo de óxido avejentado por la lima de los años, perdido en el viento y en la memoria, conservaría, estuviera donde estuviese, el recuerdo de que ella había sido la flecha que había matado a Aquiles.
Lo que no se compra, se alquila
Felicitaciones, ya ganaste -le dijeron- El premio es tuyo. Llevalo a tu casa, y disfrutalo por el resto de tus días. -una pausa- Sino, podés cambiarlo por lo que hay detrás de esta cortina.
-Ni loco -respondió el hombre- Me llevo el millón.
Tomó el maletín y se fue.
Y, detrás de la cortina, la verdadera felicidad siguió esperando por algún arriesgado (o quizás un tonto) que la reclamase. Ya vendría alguno.
-Ni loco -respondió el hombre- Me llevo el millón.
Tomó el maletín y se fue.
Y, detrás de la cortina, la verdadera felicidad siguió esperando por algún arriesgado (o quizás un tonto) que la reclamase. Ya vendría alguno.
miércoles, 10 de agosto de 2011
Algún dios lujurioso
Habíanle entrenado durante años. En la academia, había sido uno de los mejores soldados de su compañía. Con su yelmo, armadura de metal y cuero, espada y escudo, pensó que se veía aterrador. Lo sería aún más, cuando se uniera a sus camaradas, sus compañeros de armas, para marchar a la guerra. Y cuando volviese, cubierto de cicatrices de valor, llenaría de orgullo a su estirpe.
Lo destinaron a primera línea. Sería de los primeros en entrar en combate. Su sangre bullía de pasión bélica, y su frente se empapaba de sudor guerrero, al pensar siquiera en la idea de su primera batalla.
Su general dio la orden de ataque.
El soldado sintió en su boca la espuma rabiosa del frenesí, al tiempo que corría hacia el frente para enfrentarse al enemigo. El tiempo se volvió más lento, más denso, a medida que se aproximaba al ejército rival.
Su cabeza, yelmo incluido, voló por los aires de un tajo.
Tanto entrenamiento, tanto fervor, sólo para terminar como uno de los tantos soldados anónimos caídos bajo la espada de uno de esos héroes invencibles, hijos de algún dios lujurioso.
Lo destinaron a primera línea. Sería de los primeros en entrar en combate. Su sangre bullía de pasión bélica, y su frente se empapaba de sudor guerrero, al pensar siquiera en la idea de su primera batalla.
Su general dio la orden de ataque.
El soldado sintió en su boca la espuma rabiosa del frenesí, al tiempo que corría hacia el frente para enfrentarse al enemigo. El tiempo se volvió más lento, más denso, a medida que se aproximaba al ejército rival.
Su cabeza, yelmo incluido, voló por los aires de un tajo.
Tanto entrenamiento, tanto fervor, sólo para terminar como uno de los tantos soldados anónimos caídos bajo la espada de uno de esos héroes invencibles, hijos de algún dios lujurioso.
sábado, 6 de agosto de 2011
Deus ex machina
Un cuadro épico corriente.
La batalla se encontraba en su punto álgido. Los defensores, pocos en número, suplían con coraje lo que les faltaba en supremacía numérica. Su determinación, el pensamiento de que luchaban por el verdadero y único bien, frente a las despiadadas tropas del mal absoluto, multiplicaba su número por cinco. La idea de lo que pasaría si eran vencidos, por diez.
Las hordas del mal avanzaban disciplinadamente, segando vidas y perdiéndolas con mucha mayor velocidad. Sin embargo, concientes de que su aplastante ventaja numérica les daría, ya fuera con muchas o pocas bajas, la victoria, luchaban con confianza en una meta alcanzada casi desde antes de empezar.
Los defensores iban siendo reducidos, lenta e inexorablemente. Rugían las espadas, rabiosas y cebadas de tanta sangre. Latían las lanzas en los apretados puños, que sólo se abrían, aún crispados y nervudos, cuando su dueño caía.
Así fue como las fuerzas del bien fueron vencidas. Lenta pero inexorablemente, el ejército del bien fue derrotado.
Un solo soldado seguía luchando. Hecho de ese extraño y desconocido material del que están hechos los héroes, esquivaba a la muerte con hábiles movimientos de su reluciente espada. Golpes a diestra, golpes a siniestra. Un enemigo muerto por cada golpe.
Sin embargo, su suerte estaba sellada. Los enemigos le rodearon. No había escapatoria, ni posibilidad de victoria.
El héroe se agotaba. Sus músculos, endurecidos por el peso de las armas, comenzaban a ceder ante la insidiosa mano del cansancio. Su espada se mellaba ya, perdiendo más filo en cada chispa.
Sus enemigos apretaron aún más el cerco a su alrededor.
El héroe suspiró, y se preparó para morir, como sabía que sucedería.
De pronto, una luz cegadora y blanquecina interrumpió el combate. Atónitos, los guerreros de ambos bandos se detuvieron, paralizados. De la luz, a la que los ojos se acostumbraban lentamente, bajaba, con majestuosa lentitud, una silla blanca, colgada de dos cuerdas ornamentadas con guirnaldas de flores.
La silla se detuvo frente al héroe. Al alcance de su mano. La oportunidad de salvación, única e irrepetible. Sólo debía sentarse allí, y ser izado fuera del campo de batalla, fuera del alcance de la mano de la muerte.
El soldado, pensativo, contempló la silla durante largos instantes. Luego, en un gesto sublime, dióle la espalda.
Y reanudó la lucha. Volvió a esa gloria que era sólo suya, y que ningún dios le robaría. Jamás.
La batalla se encontraba en su punto álgido. Los defensores, pocos en número, suplían con coraje lo que les faltaba en supremacía numérica. Su determinación, el pensamiento de que luchaban por el verdadero y único bien, frente a las despiadadas tropas del mal absoluto, multiplicaba su número por cinco. La idea de lo que pasaría si eran vencidos, por diez.
Las hordas del mal avanzaban disciplinadamente, segando vidas y perdiéndolas con mucha mayor velocidad. Sin embargo, concientes de que su aplastante ventaja numérica les daría, ya fuera con muchas o pocas bajas, la victoria, luchaban con confianza en una meta alcanzada casi desde antes de empezar.
Los defensores iban siendo reducidos, lenta e inexorablemente. Rugían las espadas, rabiosas y cebadas de tanta sangre. Latían las lanzas en los apretados puños, que sólo se abrían, aún crispados y nervudos, cuando su dueño caía.
Así fue como las fuerzas del bien fueron vencidas. Lenta pero inexorablemente, el ejército del bien fue derrotado.
Un solo soldado seguía luchando. Hecho de ese extraño y desconocido material del que están hechos los héroes, esquivaba a la muerte con hábiles movimientos de su reluciente espada. Golpes a diestra, golpes a siniestra. Un enemigo muerto por cada golpe.
Sin embargo, su suerte estaba sellada. Los enemigos le rodearon. No había escapatoria, ni posibilidad de victoria.
El héroe se agotaba. Sus músculos, endurecidos por el peso de las armas, comenzaban a ceder ante la insidiosa mano del cansancio. Su espada se mellaba ya, perdiendo más filo en cada chispa.
Sus enemigos apretaron aún más el cerco a su alrededor.
El héroe suspiró, y se preparó para morir, como sabía que sucedería.
De pronto, una luz cegadora y blanquecina interrumpió el combate. Atónitos, los guerreros de ambos bandos se detuvieron, paralizados. De la luz, a la que los ojos se acostumbraban lentamente, bajaba, con majestuosa lentitud, una silla blanca, colgada de dos cuerdas ornamentadas con guirnaldas de flores.
La silla se detuvo frente al héroe. Al alcance de su mano. La oportunidad de salvación, única e irrepetible. Sólo debía sentarse allí, y ser izado fuera del campo de batalla, fuera del alcance de la mano de la muerte.
El soldado, pensativo, contempló la silla durante largos instantes. Luego, en un gesto sublime, dióle la espalda.
Y reanudó la lucha. Volvió a esa gloria que era sólo suya, y que ningún dios le robaría. Jamás.
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