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domingo, 1 de mayo de 2011

En tácito

La habitación llena de gente acentuaba el apremio. Debía hacérselo saber. Debía hallar la forma de decírselo antes de que uno de ambos saliese de la habitación. La necesidad era apremiante.
Los temas vagaron por derroteros recónditos. Ni una alusión se hizo al tema vital. Las miradas, intangibles, se cruzaban sin tocarse. Sin embargo, la urgente necesidad de comunicarle aquel mensaje bullía en su mente, entorpeciendo su conversación, y convirtiéndola en una monótona sucesión de monosílabos.
La hora se acercaba. La hora en que alguno de los dos debería irse. No sabía a qué hora sucedería, pero temía que fuese pronto. Debía decírselo de inmediato, rápida y concisamente, pensó, con la mirada fija, mientras le veía ponerse el abrigo, despedirse de todos y salir por la puerta. Esa puerta que daba a la calle. Miró atrás y rozó casualmente su mirada con la suya, antes de salir y perderse para siempre.
Se despabiló. Corrió desenfrenadamente hacia la puerta, que se había cerrado hacía unos instantes, y la abrió. Afuera, la tranquila y vacía calle nocturna le miró con curiosidad. Suspiró. Poco importaba que hubiera salido hacía treinta segundos, o hacía un siglo; uno de los dos ya había abandonado el cuarto.

La noche estaba perdida.

lunes, 14 de marzo de 2011

No pudimos hacer nada

Ése día, hacía ya muchos miles de años, las estrellas se apagaron.
Un día, ya consumido su combustible estelar, agotadas luego de milenios de incandescencia, decidieron finalizar su existencia. Dialogaron, en ese secreto lenguaje que utilizan las estrellas, y decidieron oscurecerse, fundiéndose en uno con la impenetrable oscuridad del espacio. Y así fue. Un último destello, y el universo quedó a oscuras.
Ése día, luego de muchos miles de años de haberse apagado el manto etéreo de los astros, la luz de ese último resplandor llegó por fin al planeta.
Sus habitantes se horrorizaron.
Todo había sucedido tan repentinamente.
No tuvieron tiempo para contemplarlas por última vez.
A decir verdad, nunca pudieron mirarlas realmente. Habían mirado siempre la luz residual de unas estrellas desaparecidas mucho antes.
Tantos poemas dedicados a algo fenecido hacía milenios. Tantos relatos a la luz muerta de un firmamento desaparecido.
Siempre había sido tarde.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Evasión

¿Lee usted mucho? -me preguntó el científico, mirándome con sus cansados ojos, a través de la fortaleza que conformaban sus espesas cejas y sus gruesos lentes de sabio.
-Ya casi no lo hago, profesor; sin embargo, en mi juventud, disfrutaba leyendo novelas. Pistoleros, ya sabe. Aventureros, a veces. Esa clase de cosas. -respondí.
Hacía tiempo que había trabado amistad con aquel brillante científico. Poco sospechaba él que nuestra amistad tenía como fin el robarle el invento en el que trabajaba, aunque yo ignoraba por completo la naturaleza del descubrimiento. Sólo sabía que era algo de valor que merecía ser robado.
Mi creación -explicó el sabio- se basa en manipular las leyes del tiempo y del espacio de tal forma que uno pueda establecer un punto fijo en él. Como el señalador de un libro o el punto de guardado de un videojuego.
Me pregunté de dónde conocía un anciano físico el funcionamiento de un videojuego, aunque por supuesto, no se lo pregunté. Me limité a esperar que continuara con su explicación.
Existen infinitos universos, o dimensiones. -continuó- mi invento establece un punto seguro, como una estaca clavada en el espacio-tiempo, que actúa como unificador de todas las dimensiones. A partir de ese punto, usted puede hacer lo que desee; volver al punto de guardado en cualquier momento, y hacer cualquier cosa distinta a la que hizo con anterioridad. Probar infinitas variables. Mi invento es, podría decirse, la clave del éxito.
Asombrado, aunque poco interesado por el funcionamiento interno del aparato, pregunté acerca de su uso práctico.
Es muy simple. -aseguró el científico, extrayendo del bolsillo de su bata de laboratorio una pequeña caja de metal bruñido- Acá está el aparato en cuestión.
Abrió la caja, y extrajo el contenido. Parecía un pequeño diodo rojo, con dos botones a los lados. Muy simétrico.
-El botón negro es el de guardado. Cuando se lo presiona, se establece un punto de guardado, o señalador. El otro, el gris, es para cargar la partida, o volver al lugar donde se dejó el señalador.
-Es suficiente, profesor. -dije, apuntándolo con un arma.- Démelo, no se resista.
El científico me miró con sus ojos avejentados. En ellos se leía el dolor. No sé si dolor por la pérdida de su invento, o por mi traición.

Huí.

Estaba seguro de que el científico no tardaría en llamar a la policía, por lo que debía darme prisa. Mientras huía en mi automóvil, tomé el diodo robado, y presioné el botón de guardado. Mejor asegurarse, pensé.
El diodo vibró y emitió un pitido, pero no sucedió nada. Sacudí el aparato. Seguía sin ocurrir nada. Mientras terminaba de doblar en una curva de la ruta, presioné el otro botón.

Sentí una especie de ardor de despresurización en los oídos, y todo volvió en la normalidad. Estaba en mi automóvil, conduciendo a toda velocidad hacia los límites de la ciudad. Pero con una diferencia.
La curva de la ruta estaba frente a mí, en vez de estar atrás.

Había vuelto treinta segundos en el tiempo.

En mi asombro, no calculé que debía volver a doblar en la curva, y desbarranqué, a toda velocidad, hacia el largo precipicio que esperaba abajo.

Una idea me iluminó la mente.
El diodo. Ésa era la solución. Volvería de nuevo, y doblaría fácilmente en la curva.

Presioné el botón. El botón negro. En el pánico de la caída, lo había confundido.

Seguía cayendo.

Sin percatarme de mi error, presioné el otro botón con mi dedo tembloroso de pánico.

Volví a caer. Pero desde más arriba.
Volví a presionarlo. Y caí de nuevo. Igual que antes.

Y así es como sigo cayendo, condenado a una tortura eterna de caer hacia una muerte segura en un auto que se desbarranca, salvándome cada vez para repetir la tortura, a través de ese botón, en el diodo rojo que nunca cambiará, hasta el momento en que, ya casi enloquecido, decida no presionarlo, y sea arrastrado hacia abajo, a morir esa muerte tantas veces evitada.

No sé si tendré el coraje de no presionarlo.
No lo sé.