domingo, 1 de mayo de 2011

En tácito

La habitación llena de gente acentuaba el apremio. Debía hacérselo saber. Debía hallar la forma de decírselo antes de que uno de ambos saliese de la habitación. La necesidad era apremiante.
Los temas vagaron por derroteros recónditos. Ni una alusión se hizo al tema vital. Las miradas, intangibles, se cruzaban sin tocarse. Sin embargo, la urgente necesidad de comunicarle aquel mensaje bullía en su mente, entorpeciendo su conversación, y convirtiéndola en una monótona sucesión de monosílabos.
La hora se acercaba. La hora en que alguno de los dos debería irse. No sabía a qué hora sucedería, pero temía que fuese pronto. Debía decírselo de inmediato, rápida y concisamente, pensó, con la mirada fija, mientras le veía ponerse el abrigo, despedirse de todos y salir por la puerta. Esa puerta que daba a la calle. Miró atrás y rozó casualmente su mirada con la suya, antes de salir y perderse para siempre.
Se despabiló. Corrió desenfrenadamente hacia la puerta, que se había cerrado hacía unos instantes, y la abrió. Afuera, la tranquila y vacía calle nocturna le miró con curiosidad. Suspiró. Poco importaba que hubiera salido hacía treinta segundos, o hacía un siglo; uno de los dos ya había abandonado el cuarto.

La noche estaba perdida.

viernes, 29 de abril de 2011

Retrógrada

Metió las manos en los bolsillos, por el frío. Miró a ese muchacho. Vio en él a sí mismo dos o tres años atrás. Cómo pasaba el tiempo. ¿Tanto había cambiado? Ahora, convertido en un joven pensativo, podía contemplarlo claramente. Los mismos miedos, las mismas actitudes de inexperta ansiedad. El mismo entusiasmo ignorante. No pudo evitar sonreír, un poco paternalmente, un poco molesto. Molesto de que a él nadie le hubiese hecho notar en su momento lo torpe que se veía. Molesto de que nadie se hubiese acercado nunca a darle un consejo, a sacarlo de su limbo infantil y enseñarle cómo se hacían las cosas. La forma adecuada de hacerlas.
Decidió aconsejarle. Así le ahorraría unos cuantos golpes.

Entonces contempló sus facciones, llenas de un orgullo ciego.

Le dio la mano, y se despidió. Respondió con monosílabos a la despedida del muchacho. Mientras se alejaba, sus pensamientos escalaban montañas, cruzaban océanos. Satisfecho de lo que ahora era, en contraposición a su inexperto ser de años atrás, no notó la mueca soberbia que surcaba su propio rostro mientras se alejaba. Si alguien mayor o más sabio le hubiese visto, tal vez habría decidido darle un consejo.

lunes, 14 de marzo de 2011

No pudimos hacer nada

Ése día, hacía ya muchos miles de años, las estrellas se apagaron.
Un día, ya consumido su combustible estelar, agotadas luego de milenios de incandescencia, decidieron finalizar su existencia. Dialogaron, en ese secreto lenguaje que utilizan las estrellas, y decidieron oscurecerse, fundiéndose en uno con la impenetrable oscuridad del espacio. Y así fue. Un último destello, y el universo quedó a oscuras.
Ése día, luego de muchos miles de años de haberse apagado el manto etéreo de los astros, la luz de ese último resplandor llegó por fin al planeta.
Sus habitantes se horrorizaron.
Todo había sucedido tan repentinamente.
No tuvieron tiempo para contemplarlas por última vez.
A decir verdad, nunca pudieron mirarlas realmente. Habían mirado siempre la luz residual de unas estrellas desaparecidas mucho antes.
Tantos poemas dedicados a algo fenecido hacía milenios. Tantos relatos a la luz muerta de un firmamento desaparecido.
Siempre había sido tarde.

viernes, 28 de enero de 2011

La maldición

Habíase quedado dormido de nuevo. Irresponsable, sin duda. Sin embargo, nada había sucedido durante su pequeño desliz, por lo que resopló aliviado. Se sentía tranquilo, y plenamente conciente de su forma, que seguía siendo pura. Descubrió la causa. La luna aún no surgía entre aquellas nubes benéficas y oscuras, que la resguardaban como un engarce algodonoso.
La luna llena. Aquel terrible designio debía ocurrir esa noche, como habíale sucedido desde que tenía memoria, hacía ya largo tiempo. En cualquier momento, cuando esa maldita luna llena apareciese mostrando toda su pálida faz, el ya no sería él. La transformación le invadiría, su forma cambiaría drásticamente. La maldición de la licantropía se mostraría en toda su extensión. Un monstruo que mezclaba en uno al ser civilizado y a la bestia que llevaba dentro. Un hombre lobo.
La luna salió al fin, avanzando por entre aquellas nubes que habían intentado cerrarle el paso.
Sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal, desde su cola hasta su hocico.

Y toda la jauría de lobos oyó al unísono un grito espantosamente humano por entre los árboles.

miércoles, 12 de enero de 2011

Superhombre

Logró convertirse en un hombre blindado.

Primero fortaleció su cuerpo. Su fuerza y su poder muscular hasta el límite humano, y aún más. El hombre físicamente más poderoso que existía.

Luego reforzó su mente. Sus blandas emociones fueron reemplazadas por una lógica fría e inquebrantable. Los sentimientos fueron dejados atrás. Era necesario. Despojada de influencias desequilibrantes, su inteligencia aumentó y se tornó sabiduría, la que, con la experiencia, terminó en astucia.

Miró a su alrededor. A esa humanidad que había dejado atrás.

Ahora estaba solo.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Evasión

¿Lee usted mucho? -me preguntó el científico, mirándome con sus cansados ojos, a través de la fortaleza que conformaban sus espesas cejas y sus gruesos lentes de sabio.
-Ya casi no lo hago, profesor; sin embargo, en mi juventud, disfrutaba leyendo novelas. Pistoleros, ya sabe. Aventureros, a veces. Esa clase de cosas. -respondí.
Hacía tiempo que había trabado amistad con aquel brillante científico. Poco sospechaba él que nuestra amistad tenía como fin el robarle el invento en el que trabajaba, aunque yo ignoraba por completo la naturaleza del descubrimiento. Sólo sabía que era algo de valor que merecía ser robado.
Mi creación -explicó el sabio- se basa en manipular las leyes del tiempo y del espacio de tal forma que uno pueda establecer un punto fijo en él. Como el señalador de un libro o el punto de guardado de un videojuego.
Me pregunté de dónde conocía un anciano físico el funcionamiento de un videojuego, aunque por supuesto, no se lo pregunté. Me limité a esperar que continuara con su explicación.
Existen infinitos universos, o dimensiones. -continuó- mi invento establece un punto seguro, como una estaca clavada en el espacio-tiempo, que actúa como unificador de todas las dimensiones. A partir de ese punto, usted puede hacer lo que desee; volver al punto de guardado en cualquier momento, y hacer cualquier cosa distinta a la que hizo con anterioridad. Probar infinitas variables. Mi invento es, podría decirse, la clave del éxito.
Asombrado, aunque poco interesado por el funcionamiento interno del aparato, pregunté acerca de su uso práctico.
Es muy simple. -aseguró el científico, extrayendo del bolsillo de su bata de laboratorio una pequeña caja de metal bruñido- Acá está el aparato en cuestión.
Abrió la caja, y extrajo el contenido. Parecía un pequeño diodo rojo, con dos botones a los lados. Muy simétrico.
-El botón negro es el de guardado. Cuando se lo presiona, se establece un punto de guardado, o señalador. El otro, el gris, es para cargar la partida, o volver al lugar donde se dejó el señalador.
-Es suficiente, profesor. -dije, apuntándolo con un arma.- Démelo, no se resista.
El científico me miró con sus ojos avejentados. En ellos se leía el dolor. No sé si dolor por la pérdida de su invento, o por mi traición.

Huí.

Estaba seguro de que el científico no tardaría en llamar a la policía, por lo que debía darme prisa. Mientras huía en mi automóvil, tomé el diodo robado, y presioné el botón de guardado. Mejor asegurarse, pensé.
El diodo vibró y emitió un pitido, pero no sucedió nada. Sacudí el aparato. Seguía sin ocurrir nada. Mientras terminaba de doblar en una curva de la ruta, presioné el otro botón.

Sentí una especie de ardor de despresurización en los oídos, y todo volvió en la normalidad. Estaba en mi automóvil, conduciendo a toda velocidad hacia los límites de la ciudad. Pero con una diferencia.
La curva de la ruta estaba frente a mí, en vez de estar atrás.

Había vuelto treinta segundos en el tiempo.

En mi asombro, no calculé que debía volver a doblar en la curva, y desbarranqué, a toda velocidad, hacia el largo precipicio que esperaba abajo.

Una idea me iluminó la mente.
El diodo. Ésa era la solución. Volvería de nuevo, y doblaría fácilmente en la curva.

Presioné el botón. El botón negro. En el pánico de la caída, lo había confundido.

Seguía cayendo.

Sin percatarme de mi error, presioné el otro botón con mi dedo tembloroso de pánico.

Volví a caer. Pero desde más arriba.
Volví a presionarlo. Y caí de nuevo. Igual que antes.

Y así es como sigo cayendo, condenado a una tortura eterna de caer hacia una muerte segura en un auto que se desbarranca, salvándome cada vez para repetir la tortura, a través de ese botón, en el diodo rojo que nunca cambiará, hasta el momento en que, ya casi enloquecido, decida no presionarlo, y sea arrastrado hacia abajo, a morir esa muerte tantas veces evitada.

No sé si tendré el coraje de no presionarlo.
No lo sé.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Muros

Luego de muchas generaciones, el descendiente del antiguo emperador visitó aquellas tierras.
Un hombre, canoso y barbudo, lanzando rocas contra la muralla de un antiguo castillo.
Se acercó a él, y le preguntó qué hacía.
Un mandato de vuestro antepasado al mío -respondió el hombre- Arrojar rocas contra este castillo hasta reducirlo a polvo. Incontables generaciones han pasado. El castillo no se ha derrumbado. Muchas generaciones más pasarán hasta que la tarea sea cumplida.
-Una perseverancia admirable -contestó el emperador, mientras se alejaba- Verdaderamente, esos muros eran resistentes.

Y el hombre quedó allí, arrojando piedras contra el castillo, una tras otra, hasta quién sabe cuándo.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Muda protesta

Cada vez que paso por el comedor, me veo obligado de mirar el gran cuadro, colgado en la pared, que lo adorna. O debería adornarlo. Siempre me ha parecido que ese cuadro me vigila. Observa la vaciedad en la que transucrre mi vida, con ese silencio desaprobatorio, más pesado que el peor de los sonidos. Está colocado justo frente a la mesa donde como, desde donde nunca deja de observarme.
El cuadro es implacable. Su mirada torva, la frialdad de esos ojos al óleo, me incomoda sobremanera. Varias veces he pensado seriamente en descolgarlo y guardarlo en un cajón, quemarlo o tirarlo, pero sucede que detrás suyo, la pared tiene una horrible mancha de humedad verdeazulada. Poner otra cosa en su sitio me sería imposible; ninguna otra cosa cabría en su lugar. Así que estoy condenado a tener al cuadro sonriéndome maliciosamente mientras almuerzo, ceno o veo televisión, sintiendo el peso de esos ojos secos que me vigilan.
Me vigila.
Ese ser pintado en un cuadro al óleo.
En el comedor de mi casa.

El problema es, que aunque pudiera sacarlo para siempre de mi vista, sus ojos nunca dejarían de vigilarme.

Maldito sea el día en que decidí hacerme un retrato.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Hormigas

El hombre miró a su alrededor. Las luces, demasiado distantes y a la vez cercanas, al igual que todo lo demás, lo miraban. No tardó en percatarse. Estaba soñando. Conciente de lo que estaba ocurriendo, se mantuvo tranquilo, con una sólida confianza en que todo aquello se encontraba más allá de él, como si lo viera a través de los ojos de otro.

Caminaba a través de ese denso bosque de coníferas añosas, en ese parque al cual solía ir de vez en cuando, en esos días en los que parecía sobrarle tiempo. Debía reconocer, pensó, que el sueño era bastante real, puesto que podía sentir el viento en la cara y la densa alfombra de agujas secas de pino crujiendo bajo las suelas de sus zapatos. Avanzó a través de esos troncos rugosos, algunos de los cuales habían brotado resinas color ámbar.
Se adentró en ese bosque, en ese parque que conocía tan bien, en ese sueño que había logrado reconocer. Entonces se preguntó hacia donde iba.

El árbol.

Mejor dicho, ese árbol. Supo de inmediato que detrás de ese árbol en particular, al cual se aproximaba, habría un cadáver. El cadáver de un hombre. Un cuerpo muerto que se pudría en silencio, beneficiando a las hormigas, que se llevaban su carne a diminutos trozos, a las profundidades oscuras del hormiguero.
Con esa percepción engañosa de las distancias que expermimenta uno en un sueño, alcanzó el árbol. Miró detrás. No se sorprendió de encontrar al cadáver, dado que ya lo sabía.
Se quedó largo rato acuclillado, mirando a ese cuerpo sin vida, cuyo rostro se había descompuesto, y sus ojos eran ya alimento de una interminable fila de hormigas carniceras. Decidió despertar. Y lo hizo.
Abrió los ojos y miró al cielorraso. Las grietas le eran familiares. Estaba en su casa, en la vida real.

El hombre se dirigía a su trabajo a bordo de su automóvil. El camino pasaba junto al parque en el que su sueño había ocurrido. Al pasar por allí, una ligera curiosidad (o tal vez premonición) lo invadió. Una necesidad de conciliar el mundo real con el onírico, para convencerse de la falsedad de este último. Hay cosas de las que un hombre racional no debe dudar, y una de ellas es de la realidad en la que vive.

Su trabajo quedaba no tan lejos, y casualmente, era uno de esos días en que el tiempo parecía sobrarle, así que bajó del auto a pasear por el parque, tal vez para revivir ese curioso sueño, o tal vez para convencerse de su falsedad.
Pensativo, el hombre recorrió el mismo camino que había hecho en el sueño. Las secas agujas de pino crujían a su paso. Las resinas en los troncos. El árbol parecía esperarlo, como si ambos supiesen lo que el hombre había soñado, y cada uno fuese cómplice de lo que el otro sabía, aun si no se atrevía a creerlo.

Si hay un muerto detrás -pensó divertido- me veré forzado a reconsiderar mi escepticismo. Tal vez me haga místico o adivino. Quién sabe.
Es curioso cómo prometemos algo cuando estamos seguros de que no tendremos que cumplirlo.

Confiado, aunque sin certeza, el hombre miró detrás del árbol.
Sonrió aliviado, a la vez que decepcionado. No había nada. Su corazón suspiró.
Pasó algún tiempo allí parado, contemplando el vacío bajo ese árbol, donde debería haber un muerto, pero no lo había.

Volvió a la realidad de golpe. Se pasó una mano por su cabello entrecano. Luego, se dio media vuelta, dispuesto a partir.
Entonces, sonó el disparo.
El hombre cayó allí mismo, detrás del árbol, donde el asaltante le había disparado para robarle, y donde, una semana más tarde, alguien en un sueño (o tal vez en la realidad), caminando a través del parque, encontraría el cadáver de un hombre con el rostro descompuesto, y los ojos comidos por las hormigas.

domingo, 10 de octubre de 2010

Rivalidad

Todo comenzó aquella tarde de otoño.
Yo caminaba frente a las vidrieras de las librerías de la calle Garibaldi, cuando, atraído seguramente por los colores de su tapa, posé mi mirada en ese libro. Un libro grande, de aspecto pesado, sin título en la cubierta, y recubierta con una protección de plástico o celofán transparente y brilloso. El libro, en definitiva, se me asemejaba a una hermosa mujer, bien maquillada, peinada, y con un vestido a tono, rodeada, por supuesto, de serviles admiradores, es decir, otros libros. Miré fijamente el libro, y sentí que el libro también me miraba. Sostuvimos la mirada durante unos momentos. Sentí grandes deseos de adquirir ese libro, aunque solo fuera para juntar polvo en los estantes del librero.
Entré a la librería ansioso de comprarlo. El vendedor, un anciano calvo con lentes sin marco, se encontraba leyendo una revista de chismes. Probablemente la revista Gente o alguna similar. Me pareció curioso que, teniendo tantos libros alrededor, aquel hombre leyera una revista. Le pedí el libro que estaba en la vitrina. El hombre rebuscó en los bolsillos hasta encontrar una llave desgastada, abrió la vitrina, buscó el libro, lo tomó y lo colocó sobre el aparador. Me dijo su precio. Se lo di exacto, para evitar regateos con las monedas y billetes. Metió el libro en una bolsa de nylon blanca, y me lo extendió. Luego, retomó la lectura de su revista.

Llegué a mi casa. Me senté sobre mi cama, saqué el libro de su bolsa e intenté sacarle el film que lo recubría. No fui capaz. Mis dedos resbalaban, haciendo un sonido como de globo contra la pulida superficie. El filo de mis uñas tampoco bastaba. Tuve que ir a buscar un cuchillo de la cocina para ayudarme en la tarea. Cuando volví, encontré que el libro no estaba ya sobre mi cama, sino caído a medias bajo ella. Lo levanté. No se había golpeado. Abrí el film haciendo uso de mi recién adquirido cuchillo.
Una vez quitada la cáscara, me dispuse a abrir el libro. Pero no pude. El libro, arisco, no quería ser leído. Apretujaba sus hojas unas contra otras, intentando evitar ser abierto.
Esforcé mis brazos. El libro se abrió algo. Aún no fui capaz de ver lo que había en su interior, pero conseguí interponer un dedo entre sus páginas y dividirlas en dos gruesos grupos.
El libro, aún más arisco, usó el máximo recurso que puede usar un libro. Con una de sus hojas nuevas, filosas como navajas de afeitar, me hizo un corte en el dedo.
Salió algo de sangre. La lamí para evitar manchas en la ropa y en el libro y, haciendo un sumo esfuerzo, conseguí abrir el libro y dejarlo en esa posición. Al menos, el esfuerzo y el dolor valdría la pena, fue lo que pensé.
Al contemplar el libro abierto, me sentí decepcionado.
Estaba en blanco. Había comprado un vulgar cuaderno.