miércoles, 8 de junio de 2011

Andá no sé dónde y traeme no sé qué

Un mal día, seguro. Aquel día en que las cosas perdieron su nombre.

No es que las personas hubiesen olvidado el nombre que los objetos tenían. Sencillamente, los nombres no se adherían a las cosas para las que estaban hechos. Las denominaciones resbalaban, y el objeto quedaba sin nombre.

No así con los abstractos. Al no tener substancia, una abstracción es un nombre que sostiene una estructura, y no al revés. Así que uno podía decir la palabra hambre sin problema alguno, pero no el sustantivo de aquello que podría satisfacerla. Un verdadero problema.

Ése día descubrimos la eficacia de señalar con el dedo y pronunciar la palabra eso.

lunes, 30 de mayo de 2011

Cruda realidad

Un hombre. Un hombre nacido con la enfermedad de la inmortalidad.

Durante los primeros años, ser inmortal no fue un problema. No envejecía, manteniéndose siempre joven y sano. Disfrutaba la soltura y jovialidad de los años mozos mientras los que habían sido sus compañeros de colegio estaban muertos o agonizantes bajo el paso de las décadas.

A lo largo de su vida conoció a varias personas. Todas, indefectiblemente fallecieron, como estaba escrito que pasara. Él no se preocupó. Sabía que siempre podría conocer más gente.

Así fue, al menos hasta el fin de la vida en el planeta Tierra. Cuando éste colapsó debido a la muerte de su envejecido sol, él quedó flotando en el espacio vacío.

Y allí quedará, navegando el limbo, hasta que el universo acabe, o sea creada más vida, en algún momento de la eternidad. Lo que ocurra primero.

Piedra libre

Tras largos años de investigaciones –dijo el científico con grandilocuencia ante las cámaras que lo rodeaban, aprisionándolo- he descubierto lo que existe después de la muerte.
-Por favor, profesor, díganoslo. –exclamó un joven periodista, ansioso.
Sólo quería avisarles del descubrimiento. ¿Creés que voy a arruinar el juego? –respondió sonriente el científico, mientras acercaba el arma a su sien.

martes, 3 de mayo de 2011

Efímeros

Seres mortales. Junto con la palabra, el concepto correspondiente se desarrolló durante eras en la mente de ese ser eterno. El pensamiento de un ser limitado, efímero, era extraño e irreal para su intelecto sempiterno. ¿Un ser que pasara de viviente a inanimado? Tal vez fuera posible. En busca de respuestas, dialogó con otros como él, seres que jamás habían conocido otra realidad que la existencia y que, por la misma razón, tildaron su revolucionaria idea de descabellada.
En un instante, decidió probar su teoría. Crearía un ser capaz de dejar de existir, que pasara de la vida, a la ausencia total de ella. Luego de largos y complicados experimentos, logró crear unas criaturas que creía serían capaces de llegar a dicho estado. Decidió llamarles humanos.
Los puso sobre la Tierra y esperó a ver si morían. Para calcular el tiempo (un concepto que recién ahora comenzaba a tener importancia), se basó en los ciclos del Sol y la Luna, cuya mencánica precisión le serviría para dividir la existencia de sus criaturas en días, meses y años.
Novecientos años pasaron, y los primeros humanos se reprodujeron sin pausa, sin que ninguno de ellos llegase a morir. Su creador les había concedido la mortalidad, mas no la forma de alcanzarla. Debía enmendar ese error.

Y así, ese ser eterno de esquelético rostro tomó su capa negra, su guadaña afilada, y salió al mundo a terminar lo que había dejado a medias.

domingo, 1 de mayo de 2011

En tácito

La habitación llena de gente acentuaba el apremio. Debía hacérselo saber. Debía hallar la forma de decírselo antes de que uno de ambos saliese de la habitación. La necesidad era apremiante.
Los temas vagaron por derroteros recónditos. Ni una alusión se hizo al tema vital. Las miradas, intangibles, se cruzaban sin tocarse. Sin embargo, la urgente necesidad de comunicarle aquel mensaje bullía en su mente, entorpeciendo su conversación, y convirtiéndola en una monótona sucesión de monosílabos.
La hora se acercaba. La hora en que alguno de los dos debería irse. No sabía a qué hora sucedería, pero temía que fuese pronto. Debía decírselo de inmediato, rápida y concisamente, pensó, con la mirada fija, mientras le veía ponerse el abrigo, despedirse de todos y salir por la puerta. Esa puerta que daba a la calle. Miró atrás y rozó casualmente su mirada con la suya, antes de salir y perderse para siempre.
Se despabiló. Corrió desenfrenadamente hacia la puerta, que se había cerrado hacía unos instantes, y la abrió. Afuera, la tranquila y vacía calle nocturna le miró con curiosidad. Suspiró. Poco importaba que hubiera salido hacía treinta segundos, o hacía un siglo; uno de los dos ya había abandonado el cuarto.

La noche estaba perdida.

viernes, 29 de abril de 2011

Retrógrada

Metió las manos en los bolsillos, por el frío. Miró a ese muchacho. Vio en él a sí mismo dos o tres años atrás. Cómo pasaba el tiempo. ¿Tanto había cambiado? Ahora, convertido en un joven pensativo, podía contemplarlo claramente. Los mismos miedos, las mismas actitudes de inexperta ansiedad. El mismo entusiasmo ignorante. No pudo evitar sonreír, un poco paternalmente, un poco molesto. Molesto de que a él nadie le hubiese hecho notar en su momento lo torpe que se veía. Molesto de que nadie se hubiese acercado nunca a darle un consejo, a sacarlo de su limbo infantil y enseñarle cómo se hacían las cosas. La forma adecuada de hacerlas.
Decidió aconsejarle. Así le ahorraría unos cuantos golpes.

Entonces contempló sus facciones, llenas de un orgullo ciego.

Le dio la mano, y se despidió. Respondió con monosílabos a la despedida del muchacho. Mientras se alejaba, sus pensamientos escalaban montañas, cruzaban océanos. Satisfecho de lo que ahora era, en contraposición a su inexperto ser de años atrás, no notó la mueca soberbia que surcaba su propio rostro mientras se alejaba. Si alguien mayor o más sabio le hubiese visto, tal vez habría decidido darle un consejo.

lunes, 14 de marzo de 2011

No pudimos hacer nada

Ése día, hacía ya muchos miles de años, las estrellas se apagaron.
Un día, ya consumido su combustible estelar, agotadas luego de milenios de incandescencia, decidieron finalizar su existencia. Dialogaron, en ese secreto lenguaje que utilizan las estrellas, y decidieron oscurecerse, fundiéndose en uno con la impenetrable oscuridad del espacio. Y así fue. Un último destello, y el universo quedó a oscuras.
Ése día, luego de muchos miles de años de haberse apagado el manto etéreo de los astros, la luz de ese último resplandor llegó por fin al planeta.
Sus habitantes se horrorizaron.
Todo había sucedido tan repentinamente.
No tuvieron tiempo para contemplarlas por última vez.
A decir verdad, nunca pudieron mirarlas realmente. Habían mirado siempre la luz residual de unas estrellas desaparecidas mucho antes.
Tantos poemas dedicados a algo fenecido hacía milenios. Tantos relatos a la luz muerta de un firmamento desaparecido.
Siempre había sido tarde.

viernes, 28 de enero de 2011

La maldición

Habíase quedado dormido de nuevo. Irresponsable, sin duda. Sin embargo, nada había sucedido durante su pequeño desliz, por lo que resopló aliviado. Se sentía tranquilo, y plenamente conciente de su forma, que seguía siendo pura. Descubrió la causa. La luna aún no surgía entre aquellas nubes benéficas y oscuras, que la resguardaban como un engarce algodonoso.
La luna llena. Aquel terrible designio debía ocurrir esa noche, como habíale sucedido desde que tenía memoria, hacía ya largo tiempo. En cualquier momento, cuando esa maldita luna llena apareciese mostrando toda su pálida faz, el ya no sería él. La transformación le invadiría, su forma cambiaría drásticamente. La maldición de la licantropía se mostraría en toda su extensión. Un monstruo que mezclaba en uno al ser civilizado y a la bestia que llevaba dentro. Un hombre lobo.
La luna salió al fin, avanzando por entre aquellas nubes que habían intentado cerrarle el paso.
Sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal, desde su cola hasta su hocico.

Y toda la jauría de lobos oyó al unísono un grito espantosamente humano por entre los árboles.

miércoles, 12 de enero de 2011

Superhombre

Logró convertirse en un hombre blindado.

Primero fortaleció su cuerpo. Su fuerza y su poder muscular hasta el límite humano, y aún más. El hombre físicamente más poderoso que existía.

Luego reforzó su mente. Sus blandas emociones fueron reemplazadas por una lógica fría e inquebrantable. Los sentimientos fueron dejados atrás. Era necesario. Despojada de influencias desequilibrantes, su inteligencia aumentó y se tornó sabiduría, la que, con la experiencia, terminó en astucia.

Miró a su alrededor. A esa humanidad que había dejado atrás.

Ahora estaba solo.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Evasión

¿Lee usted mucho? -me preguntó el científico, mirándome con sus cansados ojos, a través de la fortaleza que conformaban sus espesas cejas y sus gruesos lentes de sabio.
-Ya casi no lo hago, profesor; sin embargo, en mi juventud, disfrutaba leyendo novelas. Pistoleros, ya sabe. Aventureros, a veces. Esa clase de cosas. -respondí.
Hacía tiempo que había trabado amistad con aquel brillante científico. Poco sospechaba él que nuestra amistad tenía como fin el robarle el invento en el que trabajaba, aunque yo ignoraba por completo la naturaleza del descubrimiento. Sólo sabía que era algo de valor que merecía ser robado.
Mi creación -explicó el sabio- se basa en manipular las leyes del tiempo y del espacio de tal forma que uno pueda establecer un punto fijo en él. Como el señalador de un libro o el punto de guardado de un videojuego.
Me pregunté de dónde conocía un anciano físico el funcionamiento de un videojuego, aunque por supuesto, no se lo pregunté. Me limité a esperar que continuara con su explicación.
Existen infinitos universos, o dimensiones. -continuó- mi invento establece un punto seguro, como una estaca clavada en el espacio-tiempo, que actúa como unificador de todas las dimensiones. A partir de ese punto, usted puede hacer lo que desee; volver al punto de guardado en cualquier momento, y hacer cualquier cosa distinta a la que hizo con anterioridad. Probar infinitas variables. Mi invento es, podría decirse, la clave del éxito.
Asombrado, aunque poco interesado por el funcionamiento interno del aparato, pregunté acerca de su uso práctico.
Es muy simple. -aseguró el científico, extrayendo del bolsillo de su bata de laboratorio una pequeña caja de metal bruñido- Acá está el aparato en cuestión.
Abrió la caja, y extrajo el contenido. Parecía un pequeño diodo rojo, con dos botones a los lados. Muy simétrico.
-El botón negro es el de guardado. Cuando se lo presiona, se establece un punto de guardado, o señalador. El otro, el gris, es para cargar la partida, o volver al lugar donde se dejó el señalador.
-Es suficiente, profesor. -dije, apuntándolo con un arma.- Démelo, no se resista.
El científico me miró con sus ojos avejentados. En ellos se leía el dolor. No sé si dolor por la pérdida de su invento, o por mi traición.

Huí.

Estaba seguro de que el científico no tardaría en llamar a la policía, por lo que debía darme prisa. Mientras huía en mi automóvil, tomé el diodo robado, y presioné el botón de guardado. Mejor asegurarse, pensé.
El diodo vibró y emitió un pitido, pero no sucedió nada. Sacudí el aparato. Seguía sin ocurrir nada. Mientras terminaba de doblar en una curva de la ruta, presioné el otro botón.

Sentí una especie de ardor de despresurización en los oídos, y todo volvió en la normalidad. Estaba en mi automóvil, conduciendo a toda velocidad hacia los límites de la ciudad. Pero con una diferencia.
La curva de la ruta estaba frente a mí, en vez de estar atrás.

Había vuelto treinta segundos en el tiempo.

En mi asombro, no calculé que debía volver a doblar en la curva, y desbarranqué, a toda velocidad, hacia el largo precipicio que esperaba abajo.

Una idea me iluminó la mente.
El diodo. Ésa era la solución. Volvería de nuevo, y doblaría fácilmente en la curva.

Presioné el botón. El botón negro. En el pánico de la caída, lo había confundido.

Seguía cayendo.

Sin percatarme de mi error, presioné el otro botón con mi dedo tembloroso de pánico.

Volví a caer. Pero desde más arriba.
Volví a presionarlo. Y caí de nuevo. Igual que antes.

Y así es como sigo cayendo, condenado a una tortura eterna de caer hacia una muerte segura en un auto que se desbarranca, salvándome cada vez para repetir la tortura, a través de ese botón, en el diodo rojo que nunca cambiará, hasta el momento en que, ya casi enloquecido, decida no presionarlo, y sea arrastrado hacia abajo, a morir esa muerte tantas veces evitada.

No sé si tendré el coraje de no presionarlo.
No lo sé.